viernes, 21 de enero de 2011

CUANDO YA NO HAY MARCHA ATRÁS...

Agazapado entre dos coches, con la cabeza entre las piernas, en la noche más gélida de aquel mes de febrero, su cuerpo no dejaba de temblar y no se debía precisamente al frío. A pesar de que las temperaturas rondaban los 2º C bajo cero, él no notaba en sus carnes ese puñal helado. Sus puños cerrados y excesivamente rígidos, ya notaban el estado psicológico del rígor mortis, porque él, pese a verse a sí mismo golpeando la pared que tenía en frente con sus puños ensangrentados, pese a que los huesos de sus nudillos comenzaban a vislumbrarse, pese a notar ese dolor...él ya era consciente de que estaba muerto en vida. Nada le importaba excepto golpear una y otra vez la pared, antes grisácea y ahora ya, medio teñida de rojo.
Sollozando y preso de involuntarias convulsiones, se preguntaba a sí mismo sin cesar: ¿por qué lo hice? ¿Por qué lo hice? ¿Por qué lo hice?.
Por un momento algo le distrajo y le sacó de su delirio. Levantó un segundo la cabeza al mismo tiempo que abría sus ojos de una manera desorbitada: se trataba de una mosca que rondaba el cuello alto de su jersey de lana roja. Era la única prenda que llevaba puesta después de haber cometido aquel horrible crimen.
Mientras con la mirada perdida seguía el vuelo de la mosca, volvió atrás en el tiempo.
Sólo había pasado una hora. Recordó como había ocurrido todo y cerró los ojos fuertemente llevándose los puños a la cabeza, como si con ese acto fuera a quedar exonerado de sus actos. Una imagen del rostro de la chica le pasó como un flash por la cabeza. Como si de un proyector de diapositivas se tratara, las imágenes se sucedían rápidas, concisas, con toda claridad. No pudo permanecer en la misma habitación que ella ni si quiera para coger un pantalón o algo que le resguardara sus partes bajas. Aunque tampoco le preocupó demasiado ese detalle, después de lo que había hecho.
Salió a toda prisa de su casa, aturdido y corrió como fuera de sí mismo, como si fuera otra persona la que había cometido aquella barbarie, no él. Se miraba a su lado, corriendo, asustado, sudando. Se miraba perplejo como quien en un mal sueño se mira en un espejo y no se reconoce. Corrió unos 2 km, nadie le vio. Debían ser más de las 3 de la madrugada.
Por fin llegó al lugar donde jugaba de pequeño. Una calle sin salida llena de coches aparcados en batería. A unos 10 metros, una de las paredes grisáceas de su antiguo colegio. A él le gustaba aquel sitio...o solía gustarle. Ya daba todo igual. Él ya no merecía lugar seguro. Sólo le arropaba la culpa y el miedo.
Apoyado en el frío muro gris, por un momento notó su corazón bombear, pero esa sensación no duró mucho. Notó que se le revolvían las tripas y segundos más tarde vomitó sobre sus pies desnudos. La mosca seguía revoloteándole ahora atraída por el reciente vómito. La apartó con el puño aún cerrado, goteando sangre. Ésta emprendió el vuelo hasta dar con una mierda excretada hacía escasas horas...dado su hedor y consistencia. Se quedó mirando la mierda durante unos segundos que le parecieron horas. Observó como un grupo de moscas se posaban en ella.
Por un momento fugaz algo parecido a una sonrisa se reflejó en su rostro. Sin saber el motivo, se acordó de cuando él había sido feliz, antes de aquel crimen y nuevamente, se largó a llorar desesperadamente a la vez que aporreaba la pared con sus nudillos y repetía: ¿por qué lo hice? ¿Por qué lo hice...?

3 comentarios:

  1. Eres, aparte de una belleza de mujer, una gran escritora. Mi enhorabuena por tus magníficos relatos, que he conocido gracias a una web: relatosentretenidos.com

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    1. Muchas gracias por tu apoyo, lo agradezco mucho.

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